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domingo, 21 de febrero de 2010

Del diario Cooperativo Opinión de Cochabamba. El ideal cooperativo mantiene los equilibrios y es clave de la supervivencia institucional

Saber conseguir y mantener los equilibrios necesarios en las organizaciones, tanto internos como con relación al entorno, es una de las principales responsabilidades de sus gestores.
Afirma Maribel Munuera que “el éxito empresarial asociado a la satisfacción de uno solo de los grupos participantes en la empresa puede desembocar en el final de la misma. Una empresa necesita adoptar una perspectiva múltiple que permita reconciliar las divergencias y conflictos de intereses dados los diferentes objetivos de los grupos participantes. Satisfacer cuando menos en una zona de tolerancia o banda de resultados a todos y cada uno de ellos es condición necesaria para lograr la supervivencia a largo plazo de la firma”.
Trasladando este enfoque al caso de una sociedad cooperativa, la consecución de ese reclamado equilibrio con los grupos participantes en ella (internos y externos) puede ser más fácil de conseguir, dadas sus peculiaridades. Por un lado, por efecto de la doble (y a veces hasta triple) condición socio/consumidor/proveedor (de trabajo, de materia prima, etc.). Por otro, la identidad del cooperativismo sintoniza con valores fuertemente arraigados en la sociedad actual, como la democracia, la igualdad, la equidad, la solidaridad, etc. Esto es extremadamente importante, en la medida en que la empresa no puede ser ajena a lo que la sociedad de la que forma parte siente, desea, espera. En los mercados se compran y se venden productos que, además de sus aspectos tangibles, tienen una dimensión intangible cada vez más importante, que son los valores que lo acompañan, y las sociedades cooperativas añaden a sus bienes y servicios unos valores que comparte la sociedad actual.
El sentido del equilibrio en la tarea de pilotaje es algo cada vez más necesario para poder orientar la organización en un entorno muy complejo y turbulento.
Dónde estamos y adónde queremos llegar; qué somos y qué queremos ser; en qué creemos, cuáles son los valores y principios por los que nos regimos. Toda empresa necesita de una fuerza vital que la proyecte hacia el futuro deseado; necesita, como dice Gary Hamel, de un alma. Es lo que otros llaman una cultura, que viene a ser esa fuerza interior que empuja a quienes la comparten, sin que ellos se den cuenta, a hacer las cosas de una determinada manera, singularizando así a esa organización a través de los comportamientos de esas personas.
Las sociedades cooperativas tienen un alma, aunque a veces no lo sepan o no la pongan en valor. Puede que se trate de un conocimiento tácito (no saben que está ahí) que sea preciso hacer explícito para que pueda ser compartido, asumido e interiorizado por todos los miembros de la organización, los cuales, a partir de ese momento, actuarán congruentemente con él. Por esta razón, no basta que haya unos principios muy bien elaborados y aprobados por la Alianza Cooperativa Internacional (ACI). Se trata de que esos principios y los valores que en ellos subyacen se vivan en la cooperativa, y para lograrlo es importante contar con una declaración escrita de la misión de la empresa, que para que sea compartida y aplicada ha de ser elaborada y aprobada por todos.
Me permito reproducir a continuación una parte del discurso pronunciado por Dª María Angeles de la Plata, presidenta de Sierra Nevada, SCA, en nombre de los galardonados en la novena edición de los premios Arco Iris del Cooperativismo en Andalucía: “Hace veinte años tuve un sueño. Y en el sueño vi un mundo oscuro e insolidario en el que el 20% disfrutaba y despilfarraba el 80% de la riqueza y el otro 80% tenía que sobrevivir con el escaso 20% restante. Vi un mundo oscuro y violento que resolvía con guerras las discrepancias.
Un mundo en el que el capital acaparaba la riqueza producida, mientras los trabajadores recibían salarios escasos cuando tenían la fortuna de trabajar. Vi a una Andalucía atrasada y a miles de sus hijos en regiones y países extraños donde eran menospreciados y llamados con nombres despectivos.
Cuando en el sueño ya me sobrecogía la angustia empecé a ver pequeñas lucecitas. Eran pequeñas y dispersas pero había gran número de ellas y cada vez surgían más. En el sueño me acerqué a algunas y vi que eran llamas producidas por pequeñas hogueras. Hogueras alimentadas por la solidaridad, la equidad, la autoayuda, la democracia, la igualdad, la honestidad, la vocación social. En el sueño alguien me dijo que lo que veía eran cooperativas.
Las llamitas de estas hogueras no podían hacer desaparecer toda la oscuridad reinante. Pero era como cuando en un concierto se encienden los mecheros, la gente se ve, se reconoce, se siente próxima, se sabe humana. Así pasaba alrededor de cada una de esas pequeñas hogueras.
En el sueño vi cómo muchas pequeñas hogueras desaparecían... Otras se mantenían encendidas con una llama triste y mortecina, sin apenas dar calor... Pero otras muchas se mantenían y poco a poco su llama era más grande, daba más calor, incluso daban algo de fuego a otros. Me fijé en estas y vi que entre ellas se daban algunas características semejantes: esfuerzo continuado, sentido común, abnegación, transparencia, responsabilidad y honestidad. Y vi que aplicaban unas técnicas que muchos se creían y a las que todos se ajustaban: no existía discriminación a la hora de compartir el fuego; eran organizaciones gestionadas democráticamente, en las que se respetaban las funciones de cada órgano; los socios contribuían equitativamente al capital de sus cooperativas y dejaban los excedentes en la misma; eran organizaciones autónomas e independientes; dedicaban tiempo y dinero a la educación y formación; tenían interés por los problemas y el desarrollo de su entorno.
Todas estas características, me dijeron, no eran otra cosa que los valores y principios cooperativos.

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